El hogar que tanto quisimos

El hogar que tanto quisimos

Por: Carlos Alberto Pérez Aguilar

Poco a poco fuimos construyendo los muros, adecuando las habitaciones, decorando el patio y la terraza que se convertirían en nuestros lugares favoritos; pensamos en nosotros, como marido y mujer, pero también imaginamos lo feliz que serían nuestros hijos en cada rincón de nuestro hogar cuando llegamos aquí.

Las plantas que escogimos, que eran pequeños retoños envueltos en bolsas negras que cabían en una mano, se han convertido hoy en un huerto incontrolable en temporada de lluvias, que han resistido a las mismas plagas que nuestros corazones en momentos de tempestad y que nos regalan sus flores, o frutos, como el florecer en nuestros corazones en los momentos de mayor felicidad.

Recuerdo con claridad el día que colgué en la sala el cuadro de nuestra boda, que nos mostraron por año la sonrisa y la mirada ilusionada por lo que vendría en el futuro; hoy nos brillan más los ojos, como el reflejo en nuestros cabellos blancos y nuestras sonrisas esbozadas por arrugas, cada vez al tomarte la mano.

¿Cuándo fue que compramos los muebles de la habitación? muchos años después de casarnos. Recuerdo que los cargamos y los arrastramos entre los dos, que acomodamos como tú lo decidiste aunque nunca estuve de acuerdo que el sol nos diera en el rostro en cada amanecer, al final me acostumbre a sentir el cálido abrazo de la mañana.

Sin lugar a dudas la cocina es y será, por siempre, el lugar más emblemático; nuestro sitio de cada día, el espacio de los encuentros o desencuentros más profundos entre tú y yo, donde degusté tu vida, tus sabores, tu magia, tus prisas y en el que nuestros hijos tuvieron la mejor compañía, pero también donde dimos los mejores consejos o regaños.

El tiempo se fue en el tiempo, con su compañía, con la alegría y la severidad de las responsabilidades; de tener las terrazas repletas de juguetes a escucharla con la música a todo volumen, la de los encuentros viendo el televisor, hasta las compañías de los amigos y amigas de nuestros hijos que tenían que estar a la vista, no más allá del recibidor.

No escatimamos compras para cubrir las ventanas, para mantener los lugares que más quisimos organizados y atractivos, para vestir el área de los retratos para vernos a nosotros mismos, a nuestra hija a nuestro hijo en nuestro techo, para nunca dejar de lado los apegos a las cosas inservibles que nos servían mucho para recuperar el tiempo y revivir una y otra vez.

Nuestros hijos se han ido, el cuarto de lavado tiene menos ocupación, las recámaras se quedaron vacías para ocasiones y visitas especiales, pero al final todo, aunque pase el tiempo queda el olor de nosotros, de nuestra familia y los sonidos lejanos, de los pasos de cada uno de nosotros.

Es tiempo de dejar este hogar que construimos sobre un lote de tierra, en el que diseñamos los cimientos, los espacios, la decoración, donde nunca nos cansamos de quererlo mejor cada día, pero es un espacio muy grande y muy distante para ti y para mí.

Imaginamos todo, quizás, que nuestros hijos se irían, que el tiempo pasaría y dejaríamos subir escalones pero nunca pensamos que la distancia de la ciudad, el miedo a que nos pase algo en medio de nuestra colonia, ahora oscura, que el tráfico que nos rodeó nos obligaría salir de aquí.

Nunca pensé que dejar el hogar, la casa tan espaciosa y grande que construimos doliera tanto, pero entendí que este lugar, sería sólo importante para ti y para mí, para nuestros hijos y para nadie más.

Es momento de resignarnos, salir de aquí, despedirnos de los pocos vecinos que quedan, tratar de vender nuestra casa al mejor precio, despedirme del sol que entra por la ventana, agradecer al paisaje, a las montañas, a los árboles que fueron ocultadas detrás de las bodegas y los camiones que hoy pasan por aquí.
Finalmente es tiempo de decidir e iniciar otra vida en otro sitio que olerá a cemento nuevo, que no tendrá tu aroma, ni tu recuerdo, que tendrá menos espacio, que costará más por estar más cerca de hospitales, farmacias y centros comerciales y no por lo que verdaderamente es. Tendré aceptar que aquí, en nuestro hogar, se construya una bodega o quién sabe qué; no puedo, ni tengo fuerzas para pelear.

Amor mío, lo sé bien y te juro que recordaré nuestro hogar tanto como te recuerdo a ti, cada día.

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En México se registran 6.1 millones de viviendas deshabitadas, que representan el 14 por ciento de la cifra habitacional del país y este fenómeno va en crecimiento en los últimos 10 años, cuando se tenían, apenas, 1.1 millones de propiedades sin habitantes.

La migración, el desempleo, la violencia, la poca accesibilidad y la faltan de planeación en las zonas urbanas han motivado este fenómeno al que se suman hipotecas no liquidadas, hogares intestados.

En 2019 el Senado de la República llevó el tema a comisiones para establecer una Agenda Urbana Sustentable para mejorar el crecimiento de las ciudades del país, pero quedó en el tintero, como muchos otros temas más, en tanto la proyección de casas deshabitadas para 10 años, se prevé que pueda duplicarse.

En nuestro Colima lugares como Jalipa, Colomos, Campos en Manzanillo; Comala, El Chanal, Quesería o El Trapiche en la zona norte, han sido atrapados por el crecimiento industrial o comercial, devaluando propiedades de uso habitacional; lo mismo ocurre en las zonas centro o centros históricos de cada municipio, prácticamente en todo el país.

Parece que estamos en el tiempo donde alguien más decide dónde y cómo vas a vivir.